103. quehacer
El perro puede esperar. No lo supe hasta hace poco. Durante meses me apuraba a sacarlo a contranatura de su sueño y el mío. Me apresuraba, temiendo cruzarnos con otros perros, preocupada por si aguantaba demasiado. Me imaginaba su incomodidad como si fuera la mía y saltaba de la cama para echarnos a la calle, aún medio dormidos.
Pero después del episodio en donde él casi muerde a un Jack Russell porque yo iba medio dormida, comencé a desayunar y a hacer las cosas con parsimonía antes de nuestro paseo. Él espera a mi lado, sin ruido ni pena.
En esa pausa los pensamientos encuentran su forma. Puedo seguirlos hasta convertirlos en palabras, unirlos entre sí y armar una lírica en mi cabeza. Quise escribir estos días, pero Vinicio se despierta justo cuando creo haber encontrado la ocasión. Y escribir es algo que sólo puedo hacer en absoluta privacidad.
El mundo sigue su curso. Mi abuelo sigue muriendo. Mamá se enreda más en su mente y se aferra a mi como si fuera su última orilla. Pero lo cotidiano avanza despacio. Dejé el trabajo, ahora vendo libros. No son grandes ventas, pero son suficientes. Lo suficiente es una medida extraña, se encoge y se estira con el tiempo. Leo mucho, eso me hace feliz. Han Kang, Mastretta, Zweig, una trilogía de Holly Black que tenía pendiente. Para la facultad, Defoe, aunque Crusoe me harta, con su crueldad intermitente y predecible.
Cursar en la UNSAM se siente bien. Humanidades tiene un edificio nuevo, aunque preferiría estar en el Tornavías. Aprendo cosas que me sacuden, que me abren. No es como en la Cruz Roja, donde todo es método y repetición. En mi crueldad privada me permito pensar que no estoy rodeada de imbéciles.
El café se acaba. Como siempre, hay cosas que hacer. Lo doméstico reclama su espacio: sacar a Elvis, ordenar la casa (lo que significa un sinfín de pequeñas tareas), preparar los textos para Propedéutica.
No tengo mucho dinero. Pero estoy bien.
D.