144. vos
私はカオスの女王
だって神様が決めたこと
Son casi las seis de la mañana y no pude cerrar los ojos. La noche entera quedó partida en dos: por un lado, las horas que compartí con mi novio, ese remanso breve después de una semana donde la ansiedad me subió por la espalda como una sombra insistente. Y del otro lado, vos.
Vos, que te disfrazaste de cordero mientras te afilabas los colmillos.
Vos, que juraste nunca lastimarme, pero recopilaste cada cosa que alguna vez te conté para usarla como arma.
Vos, que te inventaste un amor que no existía, creyendo que con suficiente insistencia ibas a quebrar mi voluntad.
Me llamaste egoísta, me llamaste déspota, me adjudicaste dolores que no te pertenecen y los volviste contra mí como el cagón que sos.
Y encima te pusiste a hacer “diagnósticos”, a hablar de mis heridas como si fueran tuyas para diseccionarlas; agarraste cosas viejas que te conté con confianza y te diste el tupé de analizarlas y tirármelas encima sólo porque te rechacé.
Te creíste capaz de entrar en mis heridas “quieras o no”, como si fueras un profeta caído y yo una tierra a la que venías a salvar. Y lo único que hiciste fue mostrar el desorden que llevás adentro, esa mezcla de necesidad y control que intentaste disfrazar de ternura.
No soy tu refugio. Nunca lo fui.
No soy tu herida abierta para que la explores como si fuera un mapa personal.
No soy la mujer que te inventaste porque no pudiste lidiar con un no.
Todavía tengo en la piel la marca de esa presión tuya, ese modo de aferrarte que no era afecto sino desesperación. Esa forma tuya de querer poseer algo que jamás te perteneció, como si tus manos cerradas decidieran por mí. No era un gesto de cariño: era la torpeza de quien aprieta tanto que confunde vida con propiedad. Como si me sostuvieras con la misma fuerza ciega con la que alguien estruja un pájaro pequeño sin entender que lo único que logra es lastimarlo, dejarlo sin aire.
No voy a acompañar ninguna herida tuya. No voy a sostenerte, no voy a cuidarte, no voy a calmarte.
Esa historia se terminó antes de empezar.
Lo único que puedo hacer por vos y por mí es soltar la cuerda que te ataba a mi vida. Y vos vas a quedar del otro lado. Que tu sangre sea tuya, que tu sombra sea tuya, que tu caos te pertenezca. Yo no voy a cargarlo más.
Escribo agotada, hervida de bronca, con la noche aún pegada a los ojos y el amanecer empujándome por la espalda. Esta vez no hay espacio para dudas ni lástimas.
Deseo que la tierra jamás te bese los pasos. Aunque no entiendas nada.
D.
