152. goteo
—No, ma. Vengo otro día. No te preocupes.
Estar preocupado (real y contundentemente preocupado) es como estar poseído. Una segunda voz empieza a rondar la mente, te empuja hacia el futuro, hacia muchos futuros posibles donde la catástrofe siempre cae sobre tus hombros. Esa voz toma el cuerpo, lo drena. Te deja cansada antes de hacer nada. Te ata a la cama.
La preocupación nos consume desde adentro, sin estridencias, como un goteo tortuoso que corroe lento, insistente, hasta debilitar la estructura entera.
No sé rendir el corazón. No sé apagar mis pasiones. Muchas veces ya actué cuando recién después entendí que lo que tenía que hacer era frenar. Para cuando la razón tomó su lugar, la acción ya estaba hecha, irrevocable.
actio
agere
manifestación de voluntad
¿Cuál es mi voluntad en medio de este desastre? Me lo pregunto seguido. Llegué a un punto en el que la culpa se diluyó. Ya no está. En su lugar queda otra cosa: el deseo de que todo termine. No de morir, sino de cerrar. Que haya un punto final.
Aunque la vida no funciona así. ¿Qué es un cierre, sino una bendición? Un golpe de suerte. Algo que sucede y nos permite, al fin, relajar el cuerpo y dormir el alma. A veces no hay nada que hacer más que dejar que el tiempo pase sobre uno.
Algunos cierres son simbólicos. Carecen de explicaciones. No ordenan nada, pero aquietan.
El otro día me crucé con Jorge. Estaba enorme, desbordado, con el rostro enfermo. Me contó que empezó muy mal el año: su novia intentó suicidarse.
Más tarde recordé cuando yo tenía quince años y me recostaba en la cama de su habitación. Nuestros cuerpos ligeros. Hablábamos de cosas simples, mirábamos el techo con los brazos extendidos hacia arriba, como si pudiéramos tocarlo. Sonaban los CDs de Guns N’ Roses.
Las preocupaciones no nos alcanzarían jamás.
