150. veintiseis

 The desert, when the sun comes up...
I couldn't tell where heaven stopped
and the Earth began.


Recibo un nuevo año. No hice ninguna lista de metas o propósitos. Lo único que tengo en mi mente son deseos. Los últimos dos meses de 2025 fueron una paliza, una de esas que no dejan moretones visibles pero sí una fatiga honda, persistente. Vinicio, por momentos, muestra resentimiento hacia mí. No siempre lo dice, pero se filtra. Aun así, los dos estamos intentando algo difícil: tenernos paciencia, tratarnos con una compasión que no siempre sabemos ejercer

Compasión. 

La psicóloga me dijo que el único camino es perdonar. Fue la primera vez que me dió una instrucción. Pero perdonar, todavía no puedo perdonar. La palabra me queda grande. 

Creo firmemente que sanaría todo en mi si pueda perdonar a Robinson, pero no puedo. 

Jamás. 

Tampoco puedo perdonar a Juan. Esa carta de mierda, tu asquerosa manipulación. 

Recorda que el enojo a mi me dura poco tiempo

Mi enojo sí, Juan, dura para siempre. Confié en vos y toda tu impaciencia me terminó aterrando, me dejaste pequeña en un rincón. O eso intentaste. Deposité mis secretos más intimos en tu persona y decidiste usarlos en mi contra, pensando que eso me ablandaría. Lo único que conseguiste fue que expulsara todo lo que había de cariño hacia vos. Te recuerdo y duele, pero no por extrañarte, sino por haberme traicionado. 

Si lees esto, quiero que sepas que en diciembre me fuí de casa. A lo de mamá. Te podría haber llamado a vos, pero no lo hice. No lo haría jamás.

Siento bronca.
Cierro los ojos.
Respiro. 

Decido que esto es lo último que voy a escribir que lleve tu nombre.

Visualizo. 

Veo los ojos hermosos de Vinicio y me pregunto cuánto tiempo me verán a mi. Cuánto tiempo seré yo el centro de esa mirada. Quiero estar a su lado, lo quiero con una fuerza silenciosa, pero no somos bálsamo el uno para el otro. No nos curamos. A veces apenas nos sostenemos. Aun así, apoya la cabeza en mi pecho y se acurruca como un niño. Aun así, lloro cuando me dice alguna palabra que hiere, porque duele más cuando viene de alguien a quien se ama.

Es extraño todo esto. 

Volví a ir a misa. Hacía más de diez años que no asistía. No que no entrara a una iglesia: entré pocas veces, casi siempre para llorar. Hay algo precioso en los altares. Si algo hicieron bien los católicos fue entender la belleza como una forma de acercarse a lo sagrado. La luz, el oro, las velas, el silencio: todo parece dispuesto para que el alma baje la guardia.

Entonces volví. Últimamente voy todos los días, porque tengo tiempo. Me hace bien, aunque nunca pido por mí. O tal vez sí, pero de otro modo: pido que me guíen el camino. Pido, sobre todo, por el bienestar de Vi, de Flor, de mi mamá, de mis hermanos y de Elvis. Pero más que por nadie, pido por Vi.

También comencé a estudiar teología, no por una suerte de fanatismo, sino porque quiero entender. Entender qué hace que uno vuelva.

Este año lo que más quiero es entender. 

D.