154. océanos

Let me walk upon the waters
Wherever You would call me


Elvis se acuesta a mis pies y permanece ahí mucho tiempo.

Anoche Julio se recostó a mi lado y, después de semanas, por fin se dejó descansar. Hacía mucho que no tocaba sus mejillas con suavidad, que no me detenía a mirar las curvaturas del rostro, la forma de sus párpados cerrados, las delicadas pestañas. 

Ahora estoy sola frente a la computadora y escribo esto.

Mi corazón siempre fue un quilombo. No, siempre no. Hubo momentos de certeza, momentos en los que creí que iba a permanecer en un lugar (porque alguien también puede ser un lugar) hasta el final de mis días. Hubo promesas hermosas, juramentos de amor que pensé capaces de sobrevivirme.

Pero lo único que terminé comprobando fue cuánto puede lastimarte un hombre.

Qué puta triste, pienso.

Y aun así los nombres vuelven. Las escenas. Heridas profundas hechas en nombre del amor, de la verdad o de una supuesta libertad. Mi cuerpo como un campo de batallas jamás declaradas por mí, atravesado por conflictos que otros iniciaron y que igual tuve que cargar.

Entonces pienso: ¿qué diferencia hay ahora?

Mi cuerpo sigue desesperado por amor, pero yo me cierro cada vez más. Evoco aquella mirada hermosa y prefiero apartarme antes de sostenerla. Si vos también me vas a hacer daño, mejor no.

¿En esto me convertí? ¿En una mujer desconfiada?

Sí.

Sí, y es triste.

Con Julio nunca hicimos promesas. Tampoco hubo grandes palabras ni declaraciones memorables. Nuestra relación parece haberse construido bajo una observación minuciosa del otro, como si desde el principio ambos hubiéramos sospechado algo. Dos personas intentando amoldarse hasta descubrir, una y otra vez, el roce incómodo del rechazo.

Amé muchísimo. A Julio también. Soñé muchísimo: la calidez de una familia, una vida simple, una rutina donde el amor no exigiera estar alerta.

Le escribo a Ale y le digo “no es el mejor momento”. Y entonces caigo en la cuenta de algo desolador: hace diez años que no es el mejor momento.

Jamás verdaderamente arraigada a ningún lado. El amor como traición latente. Siempre, en el fondo, a la espera de la huida.

¿Qué tan distinta soy de Juan?

No. Asco.

Tengo que volver sobre mis pasos. Revisar qué camino no tomé, en qué momento me desvié o me quedé inmóvil.

Por qué sigo parada acá.
Por qué sigo parada acá.

D.