155. coronel

Tengo la mirada de ansiedad vacía
Ya no hay alegría donde voy


Muchas cosas por hacer. Me compré un cuaderno donde anoto todo para que nada se me pase, y le digo a Flor que por más colores y dibujos que le ponga sigo estando triste. Desde que falleció mi abuelo no dejo de pensar en mi propia muerte. Es más, desde que él murió no puedo escribir. Tomo mi diario, el que tengo al lado de la mesa, y desde el 18 de marzo las páginas están vacías. 

Me llevé de la casa de mi abuela un soldado de plomo. Un granadero, mejor dicho. Lo compré en una feria hace diez años y se lo regalé a mi abuelo. Nunca tuvimos una relación cercana, pero ese objeto le gustó. Lo guardó con un respeto particular que todavía recuerdo. Entonces me lo llevé, el fin de semana pasado. No sé qué otras cosas se habrán llevado los demás. No sé qué queda de una persona cuando todos empiezan a repartir sus restos.

Camino por la calle y pienso en lo absurdo de algunas cosas. No de todo. Amar nunca es absurdo.

Besé el rostro de mi abuelo cuando estaba moribundo. Una vez en un libro de Virgine Despentes, creo que "Las gratitudes" leí algo sobre envejecer y la tragedia de que nadie vuelva a tocar tu cuerpo. Entonces la última vez que vi a mi abuelo, pasado de morfina, toqué sus manos, acaricié su pecho y besé sus mejillas. Posé mi mano sobre su frente y le prometí volver a verlo. Esto fue un lunes. Murió en la madrugada del miércoles.

Pero lo toqué.
Y mi abuela lo besó hasta el final. 

Pienso en un montón de cosas desde entonces. Me veo a mi misma ante la inmensidad del tiempo y me siento pequeña. La veo a mamá, encogida sobre sí misma y temo un futuro idéntico. Y a la vez, me siento muy mal por ella. La abrazo, pienso si puedo hacer algo para mejorar su vida pero siento que su vida está tan cagada que no hay nada que pueda hacer. 

Entonces me imagino rica, llena de plata, dueña de una casona. Entonces me llevo a mamá a vivir conmigo, le compro ropa linda, la llevo a un kineseólogo porque tengo auto, le traigo cremas que le devuelvan suavidad a su piel. 

Todo eso hicieron por mi abuelo durante sus últimos años de vida. Me pregunto cómo se habrá sentido al respecto. Si nos quiso, si realmente nos quiso a alguno de nosotros. 

Mamá me quiere y sus ojos son los míos.
Los ojos de mi abuelo eran una súplica. Un deseo de final. 

Mamá quiere ser amada. Grandilocuente entre todos los demás.
Mi abuelo lo fue. El coronel, la cabecilla de la mesa familiar. 

Nadie sabía qué decir de él en su funeral. 

D.