158. entonces
, la noche ya no es mi cuna
y mi brújula se rompió como mi alma.
Es el primer momento de soledad que tengo en mucho tiempo. Julio y Guillermo salieron y creo que volverán más cerca de las nueve de la noche, lo cual me viene fantástico. Dejé un osobuco cocinándose a fuego lento y me serví un poco de vino.
Volví a beber. Poco. Nunca sola. Es la primera vez. Confío en que no sea el presagio de una recaída. En general vengo bien. Y quizá por eso esta situación me da tanta bronca.
La convivencia con Julio está imposible. Él está más ausente que nunca y, además, la presencia de Guillermo (aunque temporal, diez días más) me obliga a fingir que los comentarios de mi novio no me cierran el pecho. En la cocina, Julio me lanza esa mirada de no-se-te-puede-decir-nada; en el pasillo se me caen las lágrimas; y en el living me siento a escuchar alguna anécdota del viejo. Esto último, en realidad, con cariño, aunque por momentos Guillermo se convierte en un personaje salido de un sketch de Malena Pichot y me dan ganas de decirle que es un desubicado, cuanto menos.
Con la universidad estoy bien, aprobando las materias. Justamente por eso estos días me pesa más no encontrar tiempo para mí y mis estudios. Tendría más sentido ponerme a leer antes de que vuelvan y me rompan las pelotas. Pero quiero escribir, aunque sean palabras que no se encadenen con demasiada elegancia. Incluso estuve pensando en comprarme un cuaderno lindo y escribir ahí. Porque no tengo hacia dónde dirigir tanto dolor.
Pienso en separarme casi todos los días. A veces se me ocurre que Julio me cree incapaz. Que me ve desamparada. No es que sea algún tipo de captor, pero tampoco se parece demasiado a mi pareja. Nunca me cuenta qué hace, qué piensa o qué necesita. Vivo tratando de adivinar el porvenir o qué carajo le pasa, y eso es agotador. Peor aún: yo siempre le hablo de mi día, de lo que pienso y de lo que necesito, y todo pareciera resultarle un problema. No escucha lo que hice, tergiversa lo que le cuento y recibe mis necesidades como si fueran reclamos.
No sé cuánto puedo justificar con la muerte de su padre. ¿Algo? Seguramente. Pero estos problemas vienen de hace mucho tiempo y el fallecimiento del viejo no hizo más que volverlos más filosos.
Mi novio no tiene interés en nada, y eso me incluye a mí.
Entonces, ¿qué hago?
La mayor parte del tiempo funciono mecánicamente. Me levanto, hago el desayuno; Julio duerme. Limpio, ordeno mis cosas. Me baño, me lavo el pelo. Voy a la universidad, tomo apuntes y, a veces, me voy antes para poder leer en un café y no tener que ver a nadie. Hago las compras para la cena, cocino y lavo la suficiente cantidad de platos para que mi novio (que jamás limpia las hornallas) lave los que quedan y sienta que hizo algo. Me hago el skincare, me pongo crema por todas partes porque hace dos meses que tengo la cara llena de granos y me duelen. Voy a la cama, sola. Leo, miro videos y me entrego al sueño blanco de las benzodiacepinas.
Y repito.
Ahora la misma rutina, sólo que con Guillermo agregado en los espacios donde antes había silencio.
Y miro a Julio: sentado, mirando el celular; acostado, mirando el celular; de pie, entre sus plantas, reventándose los ojos con el brillo de los paneles.
¿Me mira a mí en algún momento?
Qué terrible.
Oigo el ascensor.
D.
