162. mitad

If I could go back to a time before now
Before I ever fell down
I'd go back to a time when I was just a girl
When I had the whole world
Gently wrapped around me


Terminé de rendir. Tendría que preparar finales o ver si preparo finales o buscar trabajo o disfrutar de las vacaciones y leer y dormir y fingir que no tengo treinta años. 

Arranca la segunda mitad del año y me gustaría que no fuera una paliza. Todos los sucesos desde enero me dejaron agotada. La denuncia, el ir y venir de la fiscalía, la enfermedad de mi abuelo, su muerte, la muerte del papá de Julio. Tengo la espalda con una tensión que me está matando. 

Hoy tengo que hacerme unos estudios. Hace frío pero el día está lindo, quisiera aprovechar y caminar un poco. Por ahí comprarme un libro de Annie Ernaux que hace rato quiero leer. Tomar un café afuera y mirar por la ventana. Ir a misa, hace rato que no voy. 

También ocuparme de mamá. Quiero limpiarle un poco la casa, llevarle los remedios y teñirle el pelo así ella se siente bien. 

Voy a empezar por hacerme los estudios. Luego ordenar mi propia casa (que no sé cuánto tiempo será mi casa, pero quiero sentirme bien, lo mejor que pueda permitírmelo este espacio), hacer la compra del súper (me gustaría volver a cocinar) y después, a la noche, pensar qué podría hacer durante este mes. 

Más allá de eso, en algún momento de junio intente llevar un diario en cuaderno. Nunca me funciona, soy demasiado meticulosa y me termina molestando el cuaderno, sus hojas, mi letra o lo que escribí y el cuaderno queda ahí tirado (como la plata que gasté en él, ja). Dejo en este diario digital lo único que escribí: 

Algunos años atrás, cuando todavía viajaba desde Bernal hasta la casa de Julio, me subí al subte en la estación Leandro N. Alem de la Línea B para hacer combinación. Recuerdo este episodio particularmente por dos motivos: primero, porque llevaba puesto el tapado negro que mamá me había regalado en aquella casa de Lavalleja; segundo, porque se sentó a mi lado una mujer de cabello corto.

Era temprano. Cuando entré al subte todavía clareaba el primer cielo de la mañana y yo tenía sueño. Pero me llamó la atención que aquella mujer, con un aire tranquilo y atento, abrió un cuaderno en blanco y escribió en la primera hoja:

«Me llamo..., soy mujer, tengo cuarenta y dos años...»

Y continuó.

No leí más por recato y por la conciencia que me producía imponer mi mirada en el espacio ajeno.

Entonces hoy me preguntaba cómo iniciar este diario, qué escribir en su primera página. Pensé en utilizar la misma fórmula: «Me llamo Daniela, soy mujer, tengo treinta y un años...», pero enseguida se me ocurrió que no sabría qué más agregar.

¿Por qué quiero un diario?

Me llamo Daniela, soy mujer, tengo treinta y un años y pienso que voy a morirme.

O no tan así.

Ocurre que este año, por algún motivo extraño de las circunstancias, hubo mucha muerte. Todo tipo de muertes. Amistades, amores, padres —varios padres—, artistas. Padres artistas. Padres conservadores. Padres bondadosos.

Siempre me jacté de no temerle a la muerte. En parte es verdad. Le temo al dolor. Pero entonces se me vino a la mente la idea de que, si me muero, hay mucho que dejo pendiente: muchos mares, libros, mascotas, personas, deseos. No creo poder alcanzarlo todo, no.

Sin embargo, surgió en mí un pensamiento como un rayo de luz filtrándose en un cielo nebuloso: tengo que escribir. Y escribir para mí. Para conocerme. Y porque tal vez algún día alguien lea esto y quiera conocerme también.

Me pregunto si es verdad que no nos llevamos nada o si, al morir, cargamos con nuestra alma hasta la boca de Dios.

D.