163. juventud

Lo único que quería era ignorar que estaba viva, morir sin morir, atravesar los días sin que nada ni nadie notara mi presencia, pero sobre todo, sin que nada se convirtiera en un estímulo capaz de desencadenar ese dolor que vivía agazapado en mí.

 

La psicóloga me preguntó si estoy mejor con Julio. La última sesión me la pasé hablando sobre los "chistes" que él hace (a mí, sobre mí, para nadie) y la violencia implícita que tienen. Le hice un gesto algo vago, un "mejor no hablemos", porque estoy podrida de dedicar todas mis sesiones a hablar de mi relación rota, agujereada, desgarrada.

Le conté, en cambio, la mala pasada que tuve rindiendo Conceptos. En la devolución del parcial, entre los típicos y sensatos comentarios de "tenés que reforzar más acá", "fijate de leer la bibliografía complementaria", el profesor me tiró: "Ya no tenés diecinueve años como para responder así".

No. Tengo treinta y uno, vengo pasando un año de mierda y tu materia me cuesta un montón. ¿Y sabés qué es lo peor? Que a mi yo de diecinueve años le habría ido mucho mejor en ese parcial.

Ayer fui a ver a mamá y me pidió que no deje la universidad. Me di cuenta de que siempre que pensé en la posibilidad de recibirme imaginé, por delante de todo, el orgullo de mi viejo. Nunca pensé en mamá. Mamá ahí, con sus casi setenta años, en ese departamento tan chico, con el cuerpo tan cansado. Mamá, que toda su vida hizo malabares para vivir y, aunque mal, lo hizo sola. Siempre sola.

No dejes la facultad, dijo mamá.

No, mami. No la voy a dejar, aunque me sienta grande, tonta y fuera de lugar. Voy a seguir adelante, como seguiste vos cuando las cosas se derrumbaban a tu alrededor. Te prometo seguir. Y te prometo también salir de esta situación de mierda que me hace tan mal.

También voy a teñirte el pelo la próxima vez que vaya.

Todo está un poco nublado.

 D.