176. gente
Tengo que tratar de dormir más temprano. Vengo con el sueño corrido desde hace días y la vida desordenada. Julio me pregunta qué me jode tanto si nadie me molesta.
Me gusta el silencio. Me gusta poder moverme por la casa sin sentir que es un territorio minado. Me gusta poder estar escribiendo sin preocuparme por cuándo se va a abrir la puerta ni por quién chota va a entrar.
No creo que sea una falencia de mi carácter que me guste estar sola. Tampoco creo que sea una falencia del suyo que no se incomode con la gente. Aunque creo que a veces sí se incomoda, o se fastidia, o se sobrecarga. A veces nos veo a los dos muy cansados, como si el cuerpo se nos hubiera vaciado.
Hoy se me ocurrió que nunca tuve un hogar. Después recordé que sí, un par de veces. ¿Cuándo?
Creo que, durante un tiempo, mi cuarto en la casa de Los Incas fue un refugio. Pero no, no un hogar. Cuando viví con papá tampoco tuve uno. Siempre sentí que estaba de más, que mi presencia era una molestia, aunque no para mi padre puntualmente.
Con Leo compartimos hermosos momentos de tranquilidad. Supimos ser compatibles mientras vivimos juntos, pero aquello tampoco era un hogar, porque cuando sus padres venían de visita estaba claro que yo debía irme.
Lavalleja no podía ser un hogar porque era terriblemente frío, espantosamente frío.
En Bernal sí tuve un hogar, aunque fue breve, porque después la relación con mi ex se volvió cada vez más complicada, tirante, loca y triste. Pero amaba el jardín y amaba a nuestra gata.
Esa gata era mi hogar.
Ahora que lo pienso, en Incas, mi perro también era mi hogar.
¿Qué más? ¿Hay algo más?
No.
Acá no tengo un hogar. Es demasiado solitario. Entendemos cómo se mueve el otro, pero no sabemos vivir juntos. Nos criticamos mucho. Nos reclamamos demasiado.
Tal vez tendría un hogar si te recostaras a mi lado más seguido, si pudiera sentir el calor de tu cuerpo sin que tuvieras que molestarme físicamente para llamar mi atención. Si fueras más suave conmigo.
A veces lo sos. Varias veces.
Nunca dejás que me vaya a dormir sin cenar, no importa si discutimos. Creo que el día que lo hagas va a ser porque me dejaste de querer.
Cuando te despertás, durante un momento, sos frágil y me llamás. Buscás mi abrazo, buscás ternura. Pero, por lo general, yo te aparto porque ya me levanté y, de golpe, la vida se me viene encima.
Perdoname.
No sé ser un hogar para mí misma. Tengo el cuerpo lleno de raíces que se enredaron y quedaron ahí, sin saber de dónde agarrarse. Pero esas raíces me tiran hacia abajo, me jalan, me envejecen el rostro y mi cara se queda triste.
Pintaste el cuarto y te quedó hermoso. Yo lo lleno de cosas y vos me dejás. Mis libros están por todos lados, las cruces también. Vos me dejás, me cedés los espacios, pero el territorio es chico.
Es raro. La casa es enorme, pero nos quedó chica. Las vidas que se vivieron acá caen sobre nosotros. Y la gente pasa y pasa y pasa por acá. Creo que eso nos chupa la energía.
Me pregunto si todavía pensás que soy hostil. Antes me lo decías seguido. Quiero ser amable, pero en tu mirada siento que me decís que soy mala persona. Te adjudico mucho. Vos también a mí.
Querer silencio no está mal, Vi. Un largo y profundo silencio.
Sólo así podremos escuchar.
D.
