180. intercesión
No oramos, pero nos mantuvimos en silencio. Yo prometía internamente que volvería a la iglesia para pedirle una gracia a San José. Jorge se tocó el corazón y después extendió la mano hacia el santo.
Tengo que cambiar el rumbo de mi vida y no puedo hacerlo sola. Le prendo una velita a Padua y le hago una novena a la Virgen Desatanudos. Pongo una estatuilla de San Judas en mi repisa y dejo la estampita de San Cupertino en mi escritorio.
No le pido directamente a Dios porque me avergüenzo de mí misma. Quisiera vaciar mi cuerpo y sacarme el alma. Limpiarla de todo lo malo que hay dentro de mí y darle un soplo de vida nueva.
No me gusta verme al espejo. Siento que mi cara es muy triste. Tampoco me gusta tocar los bordes de mi cuerpo; siento que me he descuidado mucho. Lloré muchísimo durante la semana que pasó y siento que eso me caga la cabeza. Quiero pasar una semana sin llorar, sin tener problemas con Julio y poder enfocarme en los dos parciales que me quedan por rendir, así no pierdo el cuatrimestre.
Estoy buscando trabajo de nuevo. Julio me reprochó haber renunciado a los últimos dos que tuve: te quejás de todo. Y me dolió. Me dolió por el carácter de verdad que tenía su reproche, pero también por lo injusto de su comentario. No vive mi vida, sino que la ve desde su óptica sesgada.
Inclusive, podría comenzar a reprocharle su propia actitud ante el trabajo, pero no lo hago. Eso es lo más difícil de discutir con él: no me gusta ni quiero devolverle el golpe. ¿Por qué quisiera hacerlo sentir mal consigo mismo? Lo que no entiendo es por qué él consigue hacerme sentir tan mal con tanta facilidad.
No me gusta cómo vivo mi vida. No me gusta cómo trato mi cuerpo. No me gusta la tristeza de mi hogar (¿es mi hogar?). No sé cómo sanar las falencias de mi carácter.
Prendo una vela por la noche y oro. Le pido a un santo que me escuche y me ayude, que interceda por mí, porque yo no puedo más.
D.
